EL DIARIO DIGITAL DE LOS ALBARDONEROS

El DJ ASESINADO A GOLPES POR POLICIAS DENTRO DE LA COMISARIA 18 EN ALBARDON

Los uniformados llevaron a un muchacho a la Seccional 18va y le dieron una mortal paliza. Fue en septiembre de 1990. Intentaron encubrir el crimen, pero se supo la verdad. Tres de los policías fueron condenados.

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“Mirá Enrique. Me llaman de la Policía, tengo que ir a declarar. Me tienen cansado. Si no vuelvo en una hora, búscame en la comisaría. Pero no dejés de buscarme”. Estas fueron las últimas palabras que escuchó Enrique Vera de boca de su amigo Miguel Ávila. No se lo decía solo porque esa noche debían trabajar, “El Gordo Carola” –como apodaban a Miguel- tenía cierto temor por esa sorpresiva cita en la Seccional 18va. De hacía semanas que unos policías venían haciéndole preguntas y hostigándolo por la muerte de un amigo suyo tiempo atrás.
Esa tarde, “El Gordo Carola” entró con desconfianza a la comisaría. Sabía por qué lo llamaban. Lo increíble fue que no salió vivo de ese lugar. Enrique Vera fue a buscarlo en dos ocasiones y los uniformados le aseguraron una y otra vez que su amigo no estaba allí. Curiosamente, el auto Renault Gordini de Ávila se encontraba en la puerta de la seccional.

Las dudas y un mal presentimiento empezaron a invadir al muchacho, que por curiosidad se acercó un patrullero estacionado a un costado del edificio. Ahí vio a una persona tendida en el asiento trasero del móvil. En esos segundos reconoció la ropa y el cuerpo. Era su amigo, que no se movía ni respondía. Era Miguel Ángel Ávila, estaba muerto.

Ese fue el principio de uno de los casos policiales que conmovieron a los sanjuaninos en 1990. El del disc jockey albardonero asesinado a golpes por dos policías. Un crimen con el sello de los resabios de la última dictadura militar y la violación de los derechos humanos en esos años de reciente democracia por la manera en que actuaron los uniformados y trataron de encubrir el crimen.

La otra muerte

Pero cómo fue que Miguel Ángel Ávila, conocido como “El Gordo Carola”, terminó metido en todo este problema que le costó la vida. Los relatos señalan que su pesadilla empezó una madrugada de 1987, una noche que Ávila animó y puso música en un baile de Albardón. Cuando regresaba en camioneta a su casa, encontró a su amigo Francisco “Maizena” Sánchez tirado en la calle junto a su bicicleta. Lo levantó, subió la bicicleta a su vehículo y fue a dejarlo a su casa. Supuso que estaba muy borracho y golpeado por la caída. Al otro día, Sánchez murió en su domicilio.

La hipótesis fue que Sánchez había sido atropellado y abandonado en la calle o que alguien le había dado una paliza. La Policía investigó el caso y el único testigo siempre fue Ávila, que declaró innumerables veces asegurando que no hizo más que ayudar a su amigo y dejarlo en su casa. Y es que no había visto nada, según su familia. Pero aparentemente algunos policías sostenían la sospecha que sabía más, de ahí que cada tanto volvían sobre él para interrogarlo.

El tiempo pasó y “El Gordo Carola” quiso olvidar aquel amargo recuerdo de su amigo fallecido. La vida continuaba. El 22 de diciembre de 1989 contrajo matrimonio con María Valdivieso, una albardonera que en ese entonces tenía 18 años, hermana de uno de sus mejores amigos. La joven pareja se instaló en la casa de la madre de la chica en el barrio Salta, en el mismo departamento. Ávila trabajaba en lo que más le gustaba. Era conocido como disc jockey, operador de radio, animador de eventos y vendía publicidad callejera.

El hostigamiento

La felicidad sonreía a Miguel y María. A mediados de 1990, ella quedó embarazada. Pero esa dicha empezó a opacarse con las inesperadas visitas de los policías de la Seccional 18va, que volvían sobre “El Gordo Carola” por la muerte de Sánchez. “Él era alegre, pero por hubo unos días que lo notamos con cara de preocupado o afligido. No le decía nada, pensando que el trabajo lo ponía mal. Un día, mi mamá le preguntó que le pasaba. Ahí, Miguel contó que unos policías lo estaban yendo a ver por su amigo muerto y lo molestaban. Nos dijo: ´Los policías quieren que me haga cargo de ese homicidio. ¿Cómo voy a hacer eso?, yo no hice nada´. Eso lo tenía mal. No quería decirnos, pero parece que llegaron a pegarle”, contó María.

Se refería al oficial Manuel Barrionuevo y al agente Ramón Villalba, el personal de la brigada de calle de la comisaría de Albardón. Fuentes judiciales revelaron que, aparentemente, estos policías recibieron el dato de una mujer que afirmaba que Miguel Ávila sabía quién había atropellado o agredido a Sánchez y querían saber la verdad. Por eso lo seguían.

El 24 de septiembre de 1990, Miguel pasó gran parte del día con su esposa y en la tarde se trasladó a la casa de su amigo Enrique Vera para grabar unos casetes de música. Los policías vieron el auto Renault Gordini de “El Gordo Carola” en la puerta de esa vivienda, situada a la vuelta de la comisaría. El entonces comisario Hugo Villavicencio ordenó al cabo Remberto López -que conocía a Ávila- que lo buscara y lo llevara a la seccional. La intención era interrogarlo de nuevo.

Una tarde trágica

Ese uniformado llamó a la puerta de la casa de Vera y preguntó por Ávila. “Sonamos. Otra vez me buscan”, largó el disc jockey, cansado el asedio policial. Salió a atenderlo y el policía le pidió que fuese a la comisaría por unas preguntas que deseaban hacerle. “Mirá Enrique. Me llaman de la Policía, tengo que ir a declarar. Me tienen cansado. Si no vuelvo en una hora, búscame en la comisaría. Pero no dejés de buscarme”, le dijo a su amigo.

“El Gordo Carola” fue en su Gordini hasta la comisaría alrededor de las 19.30 de ese lunes. El cabo López afirmó que hizo pasar a Ávila a una oficina y se retiró. No está claro si el comisario Villavicencio mantuvo contacto con el muchacho, pero se sabe que estaba al tanto de su presencia y que mandó al agente Ramón Villalba y al ofician Manuel Barrionuevo a que lo indagaran.

Todo fue ilegal, no existían ninguna citación judicial u orden de captura contra Ávila. Villalba y Barrionuevo llevaron al joven a la oficina de la brigada de calle, ubicada cerca de los calabozos. Después a una de las celdas. Un testigo de esto fue Daniel Bustos, detenido en uno de los calabozos. Esa persona aseguró que vio cómo metían a “El Gordo Carola” al otro calabozo.

A los segundos escuchó ruidos. Eran como golpes contra la pared, declaró. También oyó los quejidos, gritos y los llantos de Ávila, mientras que uno de los policías gritaba: “Hablá hijo de puta… No te das cuenta que te han batido”. Nunca se estableció cuántos golpes le dieron. Existe la certeza que le dieron trompadas, principalmente en el estómago. Y le pegaron tanto en esa zona que eso provocó que se ahogara con la propia comida que había ingerido horas antes y sufriera un paro cardiorrespiratorio. Los uniformados trataron de reanimarlo y le echaron agua, pero éste no reaccionó.

El encubrimiento

El detenido Bustos relató que, en un momento dado, todo quedó en silencio. Los policías apagaron las luces y a los minutos sacaron a la rastra a Ávila. Esos mismos uniformados avisaron al jefe y al resto del personal que el vecino citado se había “desmayado”. Uno de esos efectivos metió de cola al patrullero Ford Falcón hasta la parte trasera de la comisaría y cargaron al cuerpo de “El Gordo Carola”.

Ya estaba muerto. Lo confirmó el médico y vecino Juan Carlos Ruíz. Sucede que los policías fueron a su consultorio, a pocas cuadras de la comisaría, y le pidieron que asistiera a Ávila. No hizo falta que lo bajaran del móvil. El doctor lo revisó en el asiento trasero del coche y constató que no presentaba signos vitales.

El patrullero. Este es el móvil policial en el que encontraron muerto a Miguel Ávila. Foto de Diario de Cuyo.

Los policías volvieron a la comisaría con el cadáver de Miguel Ávila y lo estacionaron en la parte trasera. No sabían qué hacer. El jefe aparentemente ordenó que todos se pusieran de acuerdo en qué decir. Villalba y Barrionuevo armaron el libreto: quedaron en decir que no lo tocaron, que el testigo se descompensó y se cayó en el baño.

El amigo

A todo eso, Enrique Vera ya había regresado de Angaco de armar los equipos de sonidos. Es que esa noche tenían que trabajar con Ávila en la novena de las fiestas patronales de ese departamento. Como éste no aparecía, fue a buscarlo a la comisaría. Los policías le dijeron que no estaba allí, que se había ido. Pero el Renault Gordini permanecía estacionado en la puerta.

El muchacho dio una vuelta por la plaza, pero no encontró a su amigo. Retornó a la seccional e insistió preguntando por Ávila. Los uniformados siguieron en su negativa. Vera no les creyó. Notaba titubeantes a los policías, además veía preocupación en sus rostros. En eso salió y mientras caminaba en la entrada observó el patrullero estacionado en un pasillo lateral, casi con las puertas traseras abiertas.

Recuerdo. Miguel junto a María.

Vera presintió algo malo. Se acercó al móvil y entonces descubrió que “El Gordo Carola” permanecía tirado en el asiento trasero. Veía que no se movía ni respiraba. Corrió a la calle y llamó a otro vecino para pedir ayuda. Su amigo estaba tirado dentro del patrullero y los policías no querían explicarle qué pasaba, le expresó.

Vera y ese otro vecino caminaron hasta una reunión que se realizaba a pocas cuadras y hablaron con el intendente José Munisaga y el diputado departamental Carlos Munisaga. Aterrados, les contaron que los policías tenían a su amigo Miguel Ávila dentro de un patrullero en la comisaría y aparentemente estaba muerto. El jefe comunal y el legislador abandonaron el evento y acompañaron a los dos vecinos a la Seccional 18va para ver qué pasaba. Conocían bien a “El Gordo Carola”.

El clamor de Justicia

Los funcionarios vieron con sus propios ojos a Ávila dentro del patrullero. Los policías salieron a tratar de explicar que la situación estaba controlada y se excusaron con el argumento de que un detenido había sufrido una descompostura y había muerto. Nadie les creyó. El intendente increpó a los uniformados, pidió que no tocaran nada y solicitó la inmediata presencia de un juez. La gente empezó a concentrarse en la puerta de la seccional. El jefe de la Regional Oeste, cuya oficina estaba en el primer piso del edificio, se enteró de lo sucedido en esos instantes.

María Valdivieso, que atravesaba el cuarto mes de embarazo, desconocía todo esto. Ella pensaba que Miguel andaba trabajando. “Volvía de la casa de mi tía en colectivo y noté que la gente me miraba extrañada. No me hablaban, pero como que sabían algo. A todo eso Miguel estaba muerto y nosotros no sabíamos nada. Llegue a casa con mi mamá y nos quedamos esperando a Miguel”, relató.

A las horas, llegaron unos amigos acompañados por policías de la Seccional 17ma. Atrás había una multitud de personas, describió. Esos uniformados hablaron con María, pero no le contaron la verdad. Le dijeron que Miguel se había caído en la comisaría y estaba en el Hospital Marcial Quiroga. También charlaron con la mamá de María y a ella sí le informaron que el muchacho había fallecido. Pero todos guardaron silencio para no aterrar a María, a la vez que daban vueltas para no acompañarla al hospital.

La peor noticia

Recién se lo dijeron en la madrugada. Después de que María se hartó de preguntar por Miguel, un vecino se lo confesó: “Mirá María, sé que sos una mujer fuerte. Y ahora lo vas a tener que ser más, por vos y tu hijo. Porque lamentablemente no vamos a contar más con la presencia de Miguel. Él ha fallecido”. La joven entró a la casa sin entender lo que sucedía, se sentó en su cama y se largó a llorar. “Todo venían a consolarme y abrazarme. Y la gente me decía: lo mató la Policía. Los milicos lo mataron en la comisaría”, recordó la mujer.

Animando. A la derecha aparece «El Gordo Carola» poniendo música.

El sepelio fue conmovedor por la cantidad de personas, que caminaron las calles de Albardón como si fuese una marcha de protesta. El cortejo fúnebre pasó por la puerta de la seccional y hubo insultos. Hubo que contener a la gente, algunos tenían ganas de atacar la comisaría. La Jefatura ya había relevado a todo el personal y los principales involucrados estaban presos. Fue tal la repercusión del caso, que el popular semanario de tirada nacional ¡ESTO! le dio cobertura al hecho.

La autopsia en el cadáver de Miguel Ángel Ávila reveló que presentaba lesiones en distintas partes del cuerpo y en la zona abdominal. El forense concluyó que uno de esos golpes provocó que se ahogara con los restos de comida que conservaba en su organismo. El juez José Alberto Nardi, del Quinto Juzgado Penal junto con su secretario, el doctor José Atenágoras Vega, inspeccionaron la comisaría y tomaron decenas de testimonios. Y por más que los policías negaron haber golpeado a Ávila, dictaron el procesamiento contra el comisario Hugo Marcelo Villavicencio, el oficial Manuel Antonio Barrionuevo y el agente Ramón Villalba por el delito de aplicación de tormentos seguido de muerte.

Las condenas

Los otros policías declararon y comprometieron a ellos tres. Al jefe porque ordenó traer a Ávila a la comisaría y sabía que lo iban a interrogar. A los otros dos porque fueron las únicas personas que estuvieron con la víctima dentro de la comisaría. El 10 de septiembre de 1992, un tribunal condenó al comisario Villavicencio, al oficial Barrionuevo y al agente Villalba a prisión perpetua. Fue lo que pidió la fiscal Nelly Carreño Sierra y los abogados Dante Figueroa y su hijo Mauro Figueroa, los representantes de la familia Ávila.

Ese fallo no quedó firme. Los abogados defensores de los policías apelaron el fallo. La sentencia fue revisada por los jueces Raúl Iglesias, Arturo Velert Frau y Diego Román Molina de la Sala I de la Cámara en lo Penal y Correccional. Esos magistrados estudiaron el caso y ratificaron la responsabilidad de los efectivos policiales en la muerte de Miguel Ávila, pero se pronunciaron por un cambio de calificación y también de la pena. Afirmaron que la golpiza existió, pero que no hubo intención de quitar la vida a la víctima.

En la ¡Esto!. El caso de Miguel Ávila fue noticia en el semanario sensacionalista de tirada nacional ¡ESTO!

En su dictamen dado el 30 de diciembre de 1993, los camaristas resolvieron condenar a Ramón Carlos Villalba y Manuel Antonio Barrionuevo a 6 años de prisión por los delitos de apremios ilegales y homicidio preterintencional. Con respecto al comisario Hubo Marcelo Villavicencio, decidieron castigarlo a 4 años de prisión por violación a los deberes de funcionario público y participación principal en apremios ilegales y homicidio preterintencional.

María Valdivieso se enteró del cambio de pena recién ahora. Sabía que estos expolicías no pasaron mucho tiempo presos. Cuenta que hace años fue a verle la cara a uno de ellos en el negocio que posee en la avenida Córdoba, en el centro capitalino. “Entré. Me saludó y yo me quedé callada. No hice nada. Sólo quería mirarlo y conocer a las personas que mataron a mi esposo. No conozco el odio, pero no me olvido nunca”, afirma la mujer que actualmente reside en la casa que compartía con Miguel Ángel “El Gordo Carola” en el barrio Salta, Albardón. Su hijo mayor nació sin poder conocer a su papá y vive con el recuerdo de su trágica partida.

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